¿Nuestros hijos comen castigo?

“¡Que te quedas sin postre!”, “¿A que te pongo de cena pescado?”, “Como sigas así hoy no hay galletas”, “¡Mira que te dejo sin cenar!”… Privar a un niño de comida, restringirle algunos alimentos u obligarle a tomar otros es una estrategia nula, que además puede crear un rechazo y trastorno alimenticio.

Desde un punto de vista pedagógico y terapéutico, la comida no puede utilizarse como castigo ni como recompensa. Los hábitos alimenticios deben ser sagrados dentro de la rutina infantil, y han de estar fuera de toda negociación, valoración o consecuencia de otras acciones. Forma parte de nuestras necesidades básicas y es importante entenderlo para poder confiar en que irá adquiriendo su propio ritmo. Castigar o premiar con comida puede hacer que el niño cree asociaciones perniciosas con la alimentación.
Es lógico que en base a el miedo de hacer peligrar la salud de nuestros hijos nuestro primer impulso sea asegurar que ingieran los alimentos pertinentes, sin embargo, lo hacemos desde un lugar de exigencia y connotación negativa. En la sociedad actual contamos con un índice muy alto de obesidad infantil, lo cierto es que, nuestra percepción de la alimentación ya de base está bastante distorsionada, comemos mucho más de lo necesario.
El prestar atención a un tema tan cotidiano como la alimentación es de vital importancia, el famoso eslogan, “Somos lo que comemos” es bastante certero, en este caso le sumaría “ y cómo lo comemos”.
Si enseñamos a los más pequeños a comer desde la obligación, comen enfadados, frustrados, reactivos, si además les hacemos sentir que lo correcto es acabar todo lo que hay el plato, estamos destruyendo sus mecanismos fisiológicos de saciedad por una convicción nuestra basada en cultural insana. En otros tiempos se apelaba a: “¿Te vas a dejar eso en el plato con toda la gente que no tiene que echarse a la boca?” una pregunta que cae como una espada de Damocles, insertándose en nuestro autoconcepto, creando la falsa creencia de que empatizar con el dolor de otro es, sacrificarnos, saltarnos la autoescucha y excedernos.
La relación entre nuestras emociones y los alimentos comienza desde la más tierna infancia. La comida sirve para fortalecer y nutrir, y si la cargamos con emociones negativas pierde su principal papel, deja de ser algo natural y puede llegar a angustiar al niño. Así que, antes de usar la comida como arma arrojadiza prueba a poner en práctica estos consejos:
·     Háblale a menudo de las ventajas de comer bien (para crecer alto y fuerte, no ponerse malo…).
·     Ayudarle a tomar conciencia de la importancia de cuidar nuestro cuerpo con una alimentación saludable; así dejará de ver el comer sano como una obligación y empezará a considerarlo como una rutina normal.
·      Felicítale siempre por lo que ha comido, aunque haya sido menos de lo que tú querrías.
·     También da resultado implicarle en la cocina (que ayude a hacer la compra), prepararle platos con presentaciones variadas y atractivas y no obligarle a “comérselo todo”.
·     Experimentar y jugar con sabores. La frase de “Con la comida no se juega”, toca resetearla, ¿Por qué no? ¿Vosotros probáis cosas nuevas en la vida cuando estáis contentos o cuando estáis enfados y frustrados?

En resumen, el camino más corto y efectivo es motivar y reforzar la conducta que deseas que se repita, alabando los actos deseables antes que sancionando las conductas inadecuadas. Y, desde luego, dejando la alimentación aparte de toda sanción.
Agarremos nuestro sentido común, soltemos el lastre de lo que debe ser, del tengo que, de miedo y confiemos en la madre natura; nadie moriríamos de hambre, a no ser que padezcamos un trastorno alimenticio.
Comer es algo más en nuestra vida que nos permite vivir, y nuestros hijos comerán sin necesidad de alimentar mecanismos neuróticos.

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